Concretar el Deseo




El deseo es un gran motivador. Como emoción, nos habla de la existencia de un anhelo, de un cierto apetito que es necesario satisfacer. El deseo es hambre, y en pos de saciar esa hambre, nos movemos.


El conflicto que existe con el deseo es que rara vez evaluamos de dónde surge y qué conllevaría concretarlo, y eso nos lleva, paradójicamente, a lugares indeseados.

Por cada cosa que deseamos podríamos preguntarnos ¿cuál es la necesidad real a satisfacer? Generalmente asociamos objetos materiales a necesidades emocionales y los reemplazamos. Compramos ropa, tecnología, viajes, etc. en pos de saciar la necesidad de reconocimiento, de esparcimiento, de seguridad o afecto. El problema es que no quedamos satisfechas con el fantástico par de zapatos si lo que en realidad estábamos buscando era un poco de atención.

Sincerarnos en ese aspecto nos acerca a la satisfacción. Sino la búsqueda continúa y seguimos moviéndonos en pos de un objetivo imposible de alcanzar, siendo que el objeto que sacia nuestro anhelo es desconocido para nosotras mismas.

Por otro lado, concretar el deseo conlleva recursos: tiempo, energía y generalmente algo de dinero. Cuando ponemos las intenciones en concretar el deseo pero no ponemos los recursos necesarios para que así sea, nada sucede. Quedamos en el limbo de la inconcreción, con la fantasía del deseo y la frustración de que nunca se concreta.

Por el contrario, cuando tenemos claro de dónde surge el deseo y los recursos requeridos para concretarlo, nos ponemos en acción y la mayoría de las veces tenemos éxito. O tal vez, desechamos el deseo al reconocer que no estamos dispuestas a poner los recursos necesarios ni a movernos en tal sentido.

De cualquier manera, hay satisfacción, claridad y tranquilidad. Observando, comprendiendo y regulando activamente el deseo (como cualquier otra emoción) es posible salir de lo impulsivo para ir hacia lo creativo, dejar lo autodestructivo e ir hacia lo sano y constructivo.


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